Homo artifex
Resumen
La historia de las palabras es nuestra historia. Saber, como decía Borges, que en latín hipócrita quiere decir actor, y máscara, persona, es instrumento valioso para el estudio de la ética. Y saber que médico quiere decir cuidador, y doctor, maestro, también.
Más que etimologías. Hace mucho tiempo, mucho, aunque quizá no suficiente para ser siquiera un destello en la eternidad, nuestros comunes antepasados africanos echaron a andar. Migraron y migraron, buscando como ahora comer, vivir mejor, progresar, “salir adelante”…
Con tan acuciante instinto y conveniente justificación, avanzaron hasta los confines sintiendo, aprendiendo, haciendo, compitiendo, contaminando, depredando, preguntando, proliferando, matando, muriendo… Era la primera “globalización”, así no existiera el término.
Luego, unos 130.000 años, Colón llegó a playas americanas y abrió la segunda. Que duró hasta cuando hace apenas cuatro décadas, a un economista de Harvard, Theodore Levitt, le dio por llamar “globalización” a lo que ocurría con el mercado mundial, y la palabra cundió a todo nivel. Sirvió para todo. Ya cuando íbamos para la tercera, la virtual. Esta, mal numerada por la desmemoria que la creyó primera y única. La misma que Marshall McLuhan había nominado poco antes “Aldea global”, anticipándose a la irrupción del Internet y la inteligencia artificial.
Todos con todos y con todo a una. El mundo es un pañuelo. Mejor dicho, un celular en el bolsillo. Nada oculto, ni el pensamiento. Algoritmos estandarizadores cobijan y uniforman. Establecen la monocultura en tiempo presente. El futuro no existe y el pasado pasó, anacronías ambos. Ahora y aquí.
Sin embargo, inmersos en esta ola digital inmediatista, cabe imaginar que si nuestros andariegos ancestros africanos de la primera diáspora resucitaran de pronto, se maravillarían hasta la locura viendo desorbitados todo. Incrédulos de cuánto hemos andado para lograr la técnica, la ciencia, el confort y la plastia de la imagen humana. Pero quizá más lo harían al descubrir cuánto asimismo hemos logrado recortar la empatía y alargar nuestra impostura, ferocidad y capacidad destructiva.
Y es que cuando arrancaron, “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo”. Nacían las palabras, pero ya tenían arte. Aunque no llamaran aún tal esa pulsión con que “el mono desnudo” ha querido abarcar el universo, interno y externo. Lo bello, lo feo, lo bueno, lo malo, lo justo, lo injusto, lo cierto, lo incierto, lo alegre, lo triste…, lo humano, lo inhumano. Todo eso cuyo pasado remoto apenas podemos vislumbrar en viejos burilados de piedra, hueso, marfil...
Esas antiguas trazas de autoconciencia, pensamiento abstracto, ficción…, marcas no utilitarias, ¿de autoría, ornato, divagación, culto? Paredes cavernarias, pedruscos, la propia piel... La cara reflejada en el agua. La propiocepción. El ser interior y al exterior. El yo y los otros.
Labrados en el hacha lítica, ocre en el rostro. Mueca, gesto, pose, color, forma, volumen, textura, imitación, ritmo, dibujo, aroma, sonido... Intuición, imaginación, sensibilidad, expresión, creación (obras). Eversiones del yo a la percepción del otro, de los otros. Paso de la sensación al sentimiento. Arte.
El mismo que sigue llenando museos, teatros, ciudades, hogares. Y quizá entre los primeros, el de moldear la propia imagen. El heredado instinto estético, desde cuando éramos unicelulares, junto a la recién nacida razón. Carácter diferencial del homo sapiens, que bien podría llamarse “homo artifex”.
Esa facultad de juzgar y valorar apariencias y conveniencias e inconveniencias para el individuo y la manada, para la especie. Sofisticando por el camino símbolos y maneras. Hasta dar con el rótulo “cirugía plástica”. La que modela, reconstruye y embellece. Y no habría duda de la curiosidad en los reaparecidos por saber cómo entendemos ahora eso que ellos también soñaron.
Google, que tiene todas las respuestas, responde:
“Cirugía plástica” (español), la pantalla muestra 5.780.000 sitios Web en 0,27 segundos.
En chino 整形手术: 15.500.000 resultados (0,42 s).
Y la misma consulta en inglés “Plastic surgery” brinda 37.500.000 resultados en 0,43 segundos.
Ahora, si filtramos la búsqueda: “Cirugía plástica programas TV”, por ejemplo, nos arroja 651.000 resultados (0,53 segundos).
En inglés: “TV programs plastic surgery”, el resultado es descomunal, 732 millones (0,56 segundos). No alcanzarían dos vidas para leerlos. (tomados X 20 2025).
Y lo más llamativo: el contenido de la inmensa mayoría de las páginas es publicidad comercial, personal o corporativa, de cirugía estética. En formatos tipo marketing digital. ¿Qué ofrecen, qué venden? Ofrecen belleza, juventud, felicidad, directa y subliminalmente, con imágenes (fotos, modelos). Un patrón atractivo y sensual, a la moda del día. Eso prometen. Pero lo que venden es cirugía real, con todos sus avatares y sin la menor alusión a ellos: sufrimiento, riesgo, complicaciones, mortalidad...
Y cuando se pregunta por series, reality shows televisivos, de la especialidad, como:
“Botched Netflix” (chapuzas estéticas), 3.490.000 resultados, 0,31 segundos.
“Dr. 90210” (Dr. Rey) Netflix, 3.730.000 resultados, 0,49 segundos.
“La Belleza de Gangnam” (coreano, en español), 1.400.000 resultados, 0,23 segundos.
Programas de altísimo rating, en formatos divertidos, frívolos, casi comedia.
Otro, avalado por la American Society of Plastic Surgeons: “Skin Decision: Antes y Después Netflix”, 1.920.000 resultados, 0,60 segundos. Reality de ocho episodios, al cual la Dra. Sheila Nazarian, protagonista y miembro de la ASPS, caracteriza diferente, declarando en la página web oficial de la asociación: “Lo que más me gusta de ser cirujana plástica en ‘Skin Decision’ es representar nuestra industria al mundo de forma honesta y auténtica” (tomados X 20 2025).¹
Bueno, esto sin examinar aquí prensa, radio, publicidad callejera y otros frentes, en los cuales el uso del espejismo mercantil supera cualquier límite. Esta prolijidad da idea del interés y aceptación del público, que pareciera, más que gustar, necesitar del engaño, de la ilusión. Omitiendo su vulnerabilidad ante lo ubicuo, inmediato y abrumador de la tentación.
El acto quirúrgico mercadeado masivamente con el señuelo de una visión irrealizable. La manipulación de una profunda necesidad humana, proyectando la nueva imagen, predominante hoy en el mundo, del “cuidador, maestro” y de su oficio.
Así la entiende la “aldea global”, así nos ven, así hacemos que nos vean. Por supuesto, forma muy alejada de la que pretenden la tradición hipocrática, la academia (universidades), las organizaciones gremiales éticas y las publicaciones científicas. Cuyo alcance mediático, limitado a estudiantes y profesionales, resulta poco más que insignificante frente a esta marea, y muestra el fracaso en el aspecto fundamental de la práctica médica: el respeto, el cuidado y la enseñanza.
Los imaginados visitantes del pasado quizás no podrían aconsejarnos, pero sí la propedéutica. Habría que revisar la selección de aspirantes al pre y posgrado, los currículos, los ejemplos docentes, los controles por las organizaciones de profesionales, el Estado y la sociedad, que hasta el momento han sido desbordados.
Culpar exclusivamente a quienes ejercen de manera irregular el arte no es real. Y no ha pasado de hacer sospechar otra forma de lucha por la clientela y crear conflictos jurídicos, no siempre victoriosos. Soslayando la responsabilidad de los especialistas calificados, autorizados y agremiados que, tentados por tan desaforada competencia en el mercado laboral, ceden principios.
Y es que cuando la cultura (globalizada), la economía, la sociedad toda va por lado equívoco, los grupos minoritarios éticos, educadores, publicaciones científicas, asociaciones de la especialidad en el mundo, deben redoblar el esfuerzo, riesgo y costo para enderezar el rumbo.
Este compromiso, que los justifica, sería tal vez una de las cosas que harían desistir a nuestros hipotéticamente resurrectos y aterrorizados abuelos africanos de querer desandar el camino para volver a empezar, o quizás de ni siquiera haber empezado.