Hace siete décadas

Autores/as

  • JORGE ARTURO DÍAZ REYES Autor/a

Resumen

Cuando la noche del 15 de mayo de 1956, en el Club Médico de Bogotá, los entonces jóvenes e intrépidos cirujanos (trece), la mayoría entrenados en Europa y Estados Unidos, que habían iniciado su práctica en las principales ciudades del país, con más resistencias que comprensión, se reunieron para fundar ambas. La especialidad y la Sociedad no surgieron por inspiración, sino impulsadas por una creciente necesidad médica, ética y social, a la cual su entonces, aquí novedoso trabajo de modelación quirúrgica, estética y funcional de la imagen humana, debía una respuesta organizada.

Ciertos ya, y afirmados con su dedicación exclusiva, en una verdad no generalizada por entonces. Que la percepción propia y ajena de la forma personal era parte integral del bienestar físico, mental y social del individuo. Concepto este, de salud, que apenas comenzaba a tomar cuerpo en el mundo, y que solo 22 años después terminaría siendo corroborado y adoptado como definición universal y derecho humano fundamental por la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su histórica reunión de Alma Ata. No lo escribieron con tales palabras en el acta fundadora, pero su acto lo predijo, y la historia terminaría ratificándolo. Estaba pasando en todo el mundo.

La salud ya no era solo ausencia de enfermedad, era “bienestar” y, por tanto, se podían y se debían tratar y operar pacientes “sanos” con ese fin, ya que el desarrollo técnico permitía con seguridad reconstruir o embellecer condiciones que creaban minusvalía e infelicidad. Esta concepción plástica de la cirugía; toda reconstrucción es estética y toda estética es reconstructiva, quedaba entonces, al menos en teoría, legitimada como verdad y derecho.

Pero aquí, en la práctica, no era así del todo por aquellos días. El someterse paciente y cirujano a los avatares del acto quirúrgico en busca de normalización o embellecimiento resultaba moral y económicamente inaceptable para gran parte del cuerpo médico, los administradores hospitalarios, la opinión pública y la legislación. Arbitrios contra cuyo escepticismo, prejuicio e intereses chocaron los fundadores a todo nivel.

Entendimiento y aceptación. Consentimiento informado. Ese era el quid pro quo de su empeño. Tarea pequeña en el planteamiento, pero descomunal en la realidad, a escala nacional, que no podría ser acometida con posibilidades de éxito por dispersos y quijotescos esfuerzos individuales aislados. Una empresa de tal magnitud debía ser abocada de manera colectiva, y ojalá unánime. Era imperativo agruparse y ponerse de acuerdo para intentar abrir paso al nuevo recurso, al nuevo servicio, al nuevo oficio. En todos los frentes, en el ejercicio y la enseñanza, en el sistema universitario y en el de salud, en la inteligencia pública y jurídica nacionales.

Ante tales circunstancias y siendo especialidad naciente acá, era vital para quienes hasta ese momento habían abocado el problema, su asociación y organización. Había que desbrozar el camino juntos: el camino de construir una identidad con credibilidad, prestigio y aval. Meta imposible fuera del marco de la ética médica, la ciencia y la excelencia profesional. Compartir experiencias, investigar, estudiar y comunicar. Aprender, enseñar y proyectar. Aunar criterios, asumir el enorme compromiso científicamente. En resumen, hacer ciencia.

Empeño que, más allá de las observaciones, los descubrimientos e invenciones personales, históricamente ha sido tarea colectiva. Lo sabían, por eso lo hicieron. Fundaron una sociedad científica y, al mismo tiempo, una hermandad del oficio con estructura democrática, mutual entre competidores. Esta, que nos legaron, que es lo que somos y estamos obligados a seguir siendo. Sociedad científica.

Por eso, aunque tardamos en hacerlo, creamos y mantenemos la Revista Colombiana de Cirugía Plástica y Reconstructiva, nuestro órgano oficial y única publicación científica periódica de la especialidad en el país desde hace 37 años. La historia de nuestros cumplidos setenta ha sido, en esencia, la historia de una lucha por mantener esa razón de ser, ese compromiso ético de identidad.

Eran tiempos sui generis aquellos de nuestros fundadores y maestros. Once años después de concluida la segunda hecatombe mundial del siglo XX, con la explosión de Hiroshima. Tiempos en los que, como reacción a la miseria y el horror de la guerra, habían sobrevenido una vehemente búsqueda de la felicidad, un desaforado consumo y producción, y una inusitada prosperidad. Aunque no habíamos participado directamente como nación en el conflicto militar, por extensión sus efectos tempranos y tardíos nos alcanzaron. Esa “bonanza” fue uno de ellos.

Colombia se industrializaba, urbanizaba y comunicaba. La publicidad se generalizaba y la televisión acababa de llegar, multiplicando el consumo de la imagen y de patrones estéticos internacionales.

Todo ello incentivaba la demanda quirúrgica de reconstrucción y belleza, y por eso la migración de aquellos entonces jóvenes cirujanos colombianos a capacitarse en los servicios extranjeros acreditados, dirigidos por los precursores de la especialidad. Por eso su retorno al país, donde todo estaba por hacer, y por eso nuestra fundación, que coincidió con la creación por ellos mismos de los primeros servicios hospitalarios y programas universitarios de posgrado.

De allí en adelante, y a lo largo de las siguientes siete décadas, la consolidación y establecimiento de la especialidad corrió a cargo de los miembros de la SCCP. Todos los cuerpos docentes y los equipos asistenciales institucionales estuvieron conformados, dirigidos y orientados por sus políticas. Nuestra sociedad era la especialidad y la especialidad era nuestra sociedad. No fue un monopolio laboral, pues jamás fuimos una entidad gremial. Fue la única manera de llegar al paciente y a la comunidad toda, por la vía de la confianza en el cirujano, su idoneidad y su ética.

Las reformas universitarias; las políticas en salud; los conflictos; el desarrollo de los programas de posgrado; la lucha por su dignificación y democracia en los procesos de selección; el afinamiento curricular; la investigación; la publicación científica; los 37 años ininterrumpidos de la revista; los libros; el empeño en la educación continuada; la constancia con que ha mantenido sus eventos regionales, nacionales e internacionales; la educación continuada; el crecimiento cualitativo y cuantitativo de la especialidad; su afianzamiento y respetabilidad como parte indispensable de la asistencia médica; la expansión de la Sociedad y sus criterios de formación y ejercicio; la fundación de las seccionales; el reconocimiento de la SCCP como única representante nacional e internacional de la Cirugía Plástica en el país; la calidad de asesora del Estado en todo lo pertinente; la permanente defensa de la ética; la unidad fraterna; el arbitrio y regulación de las relaciones entre colegas y entre estos, las instituciones y la comunidad; la honesta información a la población; el velar por la validez de los títulos; la credibilidad ganada en la opinión pública; el reconocimiento general a la calidad profesional de sus miembros; el fortalecimiento patrimonial alcanzado en los últimos 45 años, base indispensable para sus proyectos...

Eso es lo que hoy conmemoramos, y lo que juramos cuando recibimos el privilegio de ser admitidos en esta familia, cuyo nombre fundacional: “Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica y Reparadora” le fue dado aquella noche ya lejana de Bogotá por: Guillermo Nieto Cano, nuestro primer presidente y alumno de Sir Harold Gillies, padre de la cirugía plástica moderna; León Hernández, vicepresidente; Felipe Coifmann, secretario y redactor a puño y letra del acta inicial; Hernando Castro y José Ignacio Mantilla, tesoreros; Humberto Dorado, Gerardo Obonaga, Delfín Borrero, Néstor Godoy, Álvaro Londoño, Juan Ruiz Mora, Guillermo Rojas y Luis González Torres.

Gratitud y honor a ellos que fueron solo trece; hoy sus continuadores somos casi cien veces más.

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Publicado

2026-05-28